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22 de noviembre de 2012

La cocina de la casa de mi abuela

El tiempo pasa, pero siempre permanece algo en algún lugar que no puede ser destruido ni remodelado, ni nada

Una luz, la veo allá, cruzando la puerta de la cocina, esta encendida pero no por mucho tiempo. Ilumina eso, esa cosa que nunca se como se llama y que estuvo ahí desde siempre, también visible el mate, el termo y la yerba. Esa luz, la de la cocina, la única e irrepetible, ese poquito largo y finito que tarda en encenderse, que se sarandí al principio y parece a punto de estallar pero que finalmente logra iluminar ahora también, esa ventana, esa, la del mosquitero, la que no lleva a ninguna parte y menos de noche. Por la que se ve la escalera y las plantas. Esa luz, la de la cocina, que fue la misma desde antes que naciera, la blanca luz de la cocina, que daba permiso para entrar y ver los muebles, el de los cubiertos, gris, alto, con dos puertas y dentro un mundo infinito y desconocido, esos instrumentos raros para cocinar, verduras al vapor, esos brochecitos para comer choclo, esas copas de helados que llegaron ahí no se muy bien como ni porque.
La luz de la cocina, la que ilumino mi infancia y mi adolescencia, la luz fría como el piso de baldosa, amarillenta la baldosa, mugrosa. La cocina, que era mas linda de día, sin la luz blanca, con la luz del sol que entraba por esa ventana con mosquitero. La cocina era para el desayuno y para que la abuela me leyera algún cuento de ciencia ficción o para que me diga algo que mi mama nunca habría querido decirme, o para que me cuente como son los pajaros, porque vuelan, o que es el tarot. Esa cocina fue testigo de desayunos fenomenales y tiene historias de vidrios rotos de hace muchos años, de vasos partidos históricos y no tanto. Esa cocina nunca tuvo televisor pero siempre tuvo radio y siempre tuvo dos o tres libros y dos o tres carteles que me facinaban.
Se perdió, como tantas cosas que se pierden en la esquina, en alguno de los pliegues de la vida. La escribí sin querer, quizás tenia miedo a perderla definitivamente. No recuerdo mucho mas, dos sillas, a veces mas, otras menos, miles de fosforos dando vueltas, una heladera...Cuantas cosas se habrán perdido en esa cocina, cuantas de esas cosas fueron mias.
Uno escribe algo cuando lo sabe perdido, entonces trata de no terminar de perderlo y lo plasma en el papel, lo estampa, plap! y ahí quedo, ojala fuera tan fácil. Yo personalmente desconfió de la gente que confía demasiado en la literatura y en la inmortalidad. Es verdad que el papel puede consolarnos, o traernos, o venirnos a buscar. Cierto es que, aunque parezca un chiste, y esta descripción le parezca poca cosa a cualquiera que la lea, a mi me emociono, Porque somos lugares, todos los que nos pertenecieron, que no son muchos, estamos hechos de esos lugares a los que fuimos, recordamos su olor, su color, su peso, no podemos desentendernos de eso. Y cuando nos perdemos, nosotros o los lugares, entonces no queda otra que escribirlos.
sin comentarios.

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